La noche y sus latidos me mostraron tu sonrisa como la mejor poesía no dicha. Nadie se ha atrevido a descifrarla por temor a quedar atrapado en su belleza.
Qué pésima manera de desperdiciar los encantos de una boca.
La soledad va coqueteándole a mi insomnio, buscando la manera de aliarse para golpearme con un puñado de recuerdos.
He ahí la verdadera cara de la noche: le fascina volvernos vulnerables; por eso es sólo para los valientes, para aquellos que no temen inundarse en emociones.
Me ha enseñado a echar a un lado mi cobardía y escuchar las palabras que el amor quiere decirme.
Que las madrugadas se hicieron para explorarte y descubrir que hay cada vez más de mí en ti.
Que este amor agrietado e intermitente jamás ha sido en vano. Yo conocí la alegría con sólo tomar tu mano.
No es tan mala como creían. Hay tanta verdad escondida en su oscuridad, y tanta belleza escondida en su verdad.
Convirtió tus ojos en mi luna y tus lunares en estrellas, haciendo trazos en ellas para crear constelaciones, y yo deseando que no amanezca para así admirar más de tu luz.
Desde acá puedo sentir tus ganas y la melodía de tus jadeos, tus susurros a mi oído, tus huellas en mi cuerpo.
Gracias a ellos pude encontrar sentimientos que había perdido.
La magia de la noche logró una vez más su cometido: saberme de nuevo en tu camino.
